De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Se volvió a J. T. Maston, y no le vio. El desdichado, que se había inclinado imprudentemente sobre el tubo de metal, había desparecido en el inmenso telescopio. ¡Una caída de 280 pies! Belfast, fuera de sí, se precipitó al orificio del reflector, y suspiró. J. T. Maston, detenido por su garfio de metal se había quedado enganchado en uno de los puntales que mantenían abierto el telescopio, y profería gritos temibles. Llamó a sus ayudantes, se echaron cuerdas y, no sin trabajo, sacaron al imprudente secretario del “Gun-Club”, que salió sano y salvo por el orificio superior.
—¡Ah! —dijo—. ¡Si llego a romper el espejo!
—Lo habrías pagado —respondió severamente Belfast.
—¿Dónde ha caído ese maldito proyectil? —preguntó J. T. Maston.
—¡En el Pacífico!
—¡Partamos!