De la Tierra a la Luna

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Un cuarto de hora después, los dos sabios bajaban la cuesta de las Montañas Rocosas, y a los dos días llegaban a San Francisco al mismo tiempo que sus amigos del “Gun-Club”, después de reventar cinco caballos en el camino salieron al encuentro.

—¿Qué vamos a hacer? —dijeron.

—Pescar el proyectil —respondió J. T. Maston.

—Y cuanto antes.

XXII

El salvamento

Sabían con toda exactitud el sitio en que el proyectil se había sepultado en las aguas; pero faltaban instrumentos para cogerlo y sacarlo a la superficie; era preciso inventarlos y fabricarlos luego. Mas los ingenieros americanos no se apuraban por tan poca cosa. Una vez colocados los garfios, y ayudados por el vapor, estaban seguros de levantar el proyectil, a pesar de su peso, que, por lo demás, debía de ser menor, por la densidad del líquido en que se hallaba sumergido.

Pero no bastaba pescar el proyectil, sino que había que hacerlo pronto, en interés de los viajeros. Nadie dudaba de que todavía estaban vivos.


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