De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —El aire puede ser —respondÃa siempre J. T. Maston—; pero el valor, no. El 28, después de otros dos dÃas de reconocimiento, se perdió toda esperanza. Aquel proyectil era un átomo en la inmensidad del mar; habÃa que renunciar a encontrarlo. Pero J. T. Maston no querÃa oÃr hablar de marcharse; no, querÃa abandonar el sitio sin encontrar por lo menos la sepultura de sus amigos. Sin embargo, el comandante Blomsberry no podÃa obstinarse más, y a pesar de las reclamaciones del digno secretario, dio orden de zarpar. El 30 de diciembre, a las nueve de la mañana, la Susquehanna puso la proa al Nordeste, con rumbo hacia la bahÃa de San Francisco.
Eran las diez, la corbeta se alejaba del lugar de la catástrofe, a media máquina y como pesarosa, cuando el marinero que estaba de vigÃa en el mastelero de gavia gritó de repente:
¡Una boya a sotavento!