De la Tierra a la Luna

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Aún no desconfiaba del éxito J. T. Maston, pero sus compañeros, menos animados ya en las primeras horas, comprendían toda la dificultad de la empresa. Lo que parecía facilísimo en San Francisco, en medio del océano se presentaba ya como irrealizable. Las probabilidades de éxito disminuían en gran proporción, y había que confiar a la casualidad el hallazgo del proyectil. El día siguiente, 24 de diciembre, a pesar de las fatigas de la víspera, se emprendió de nuevo la operación. La corbeta se corrió a unos cuantos minutos al Oeste, y el aparato, provisto de aire condujo otra vez a los exploradores a las profundidades del océano. Todo el día se pasó en pesquisas infructuosas; el lecho del mar estaba desierto; el 25 transcurrió sin resultado y lo mismo el 26.

Esto era desesperante. Todos pensaban en aquellos desventurados que llevaban veintiséis días encerrados en el proyectil. Quizá sintieran en aquel momento los primeros ataques de asfixia, si es que habían salido salvos de la caída. El aire se agotaba, y con el aire, el valor, el ánimo.


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