De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —Pero ¿qué pasa? —dijeron todos.
—¿Que qué pasa?
—¡Sà hable!
—Pues, so tontos, pasa que el proyectil no pesa más que diecinueve mil doscientas cincuenta libras.
—¿Y qué?
—Y que desaloja veintiocho toneladas, o sea cincuenta y seis mil libras; y, por consiguiente, ¡flota!
Y con qué expresión acentuó la palabra ¡flota! ¡Y era verdad! Todos aquellos sabios habÃan olvidado esta ley fundamental; que por efecto de la ligereza especÃfica, el proyectil, después de ser arrastrado en su caÃda hasta las mayores profundidades del océano, tenÃa que volver naturalmente a la superficie. Y en aquel momento flotaba a merced de las olas... Inmediatamente se echaron al mar los botes, precipitándose a ellos J. T. Maston y sus amigos. La emoción habÃa llegado al colmo; todos los corazones palpitaban mientras las ¡anchas se acercaban al proyectil. ¿Qué contendrÃa? ¿Vivos o muertos? ¡Vivos, sÃ! Vivos a no ser que la muerte hubiera venido a Barbicane y a sus dos amigos después de haber enarbolado aquel pabellón.