De la Tierra a la Luna

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En los botes reinaba un profundo silencio; todos los corazones latían agitados; los ojos no veían ya. Una de las lumbreras estaba abierta. Algunos pedazos de cristal que habían quedado en el marco, probaban que se había roto. Esa lumbrera se hallaba entonces a la altura de cinco pies sobre las aguas.

Se acercó una lancha, la de J. T. Maston, y éste corrió hacia el cristal roto... En aquel momento se oyó la voz alegre y clara de Miguel Ardán, que gritaba con acento de triunfo:

—¡Blancas, Barbicane, cerrado a blancas!

Barbicane, Miguel Ardán y Nicholl jugaban al dominó.

XXIII

Conclusión


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