El Archipiélago en llamas
El Archipiélago en llamas Skopelo, que no habÃa visto a Hadjine, no entendÃa en absoluto aquel ardor inmoderado del capitán. En su opinión, el valor del lote habÃa sido ya sobrepasado, y en mucho, por aquel precio de cuatro mil liras. Por eso, se preguntaba qué era lo que podÃa animar a Nicolás Starkos a lanzarse de aquella manera en un mal negocio.
Entretanto, un largo silencio habÃa seguido a las últimas palabras del subastador. El propio corredor de Esmirna, atendiendo a una señal de sus colegas, acababa de darse por vencido. Ya no habÃa duda de que la partida serÃa ganada definitivamente por Nicolás Starkos, a quien no faltaban más que algunos minutos para salirse con la suya.
Xaris lo habÃa comprendido. Por eso, estrechaba aún con más fuerza a la muchacha entre sus brazos. ¡No se la arrancarÃan si no lo mataban antes!
En aquel momento, en medio del profundo silencio, se oyó una voz vibrante, y tres palabras fueron dirigidas al subastador:
—¡Cinco mil liras!
Nicolás Starkos se volvió.
Un grupo de marinos acababa de llegar a la entrada del batistan. Delante de ellos se hallaba un oficial.
—¡Henry d’Albaret! —exclamó Nicolás Starkos—. ¡Henry d’Albaret… aquÃ… en Escarpanto!