El Archipiélago en llamas
El Archipiélago en llamas Con un gesto, Henry d’Albaret tranquilizó y contuvo a la muchacha. Por muy grande que fuera su indignación, cuando se vio en presencia de su odioso rival, conservó el dominio de sà mismo. ¡SÃ! Aunque fuera a costa de toda su fortuna, si hacÃa falta, sabrÃa arrancar de las manos de Nicolás Starkos a los prisioneros amontonados en el mercado de Arkassa, y con ellos, a aquélla a la que habÃa buscado tanto, ¡aquélla a la que ya no esperaba volver a ver!
En todo caso, la lucha serÃa feroz. En efecto, si bien Nicolás Starkos no podÃa comprender cómo Hadjine Elizundo se encontraba entre aquellos cautivos, para él seguÃa siendo la rica heredera del banquero de Corfú. Sus millones no podÃan haber desaparecido con ella. TodavÃa estarÃan ahà para rescatarla de aquel de quien se convertirÃa en esclava. Por lo tanto, no habÃa ningún riesgo de sobrepujar. Nicolás Starkos decidió hacerlo con tanta más pasión, cuanto que se trataba, además, de luchar contra su rival, ¡y su rival predilecto!
—¡Seis mil liras! —gritó.
—¡Siete mil! —respondió el comandante de la Syphanta, sin volverse siquiera hacia Nicolás Starkos.
El cadà no podÃa sino aplaudir ante el cariz que tomaban las cosas. En presencia de aquellos dos competidores, no intentaba disimular la satisfacción que se abrÃa paso bajo su gravedad otomana.