El Archipiélago en llamas

El Archipiélago en llamas

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¡No! ¡El comandante de la corbeta no se rindió! ¡Fue aplastado por el número! Entonces quiso morir… ¡Fue en vano! Parecía que aquellos que lo atacaban tuviesen la orden secreta de cogerlo vivo, orden cuya ejecución costó la vida a veinte de los más encarnizados asaltantes, que cayeron bajo el hacha de Xaris.

Henry d’Albaret fue capturado finalmente junto con aquellos de sus oficiales que habían sobrevivido a su lado. Xaris y los otros marineros se vieron reducidos a la impotencia. ¡El pabellón de la Syphanta dejó de flotar en su popa!

Al mismo tiempo, gritos, voces y hurras estallaron por todas partes. Eran los vencedores que daban alaridos aclamando a su jefe:

—¡Sacratif! ¡Sacratif!

Y ese jefe apareció entonces por encima de los empalletados de la corbeta. La masa de corsarios se apartó para hacerle sitio. Caminó lentamente hacia popa, pisando los cadáveres de sus compañeros sin prestarles la menor atención. Luego, después de haber subido la escalera ensangrentada de la toldilla, avanzó hacia Henry d’Albaret.

El comandante de la Syphanta pudo ver por fin a aquél a quien la turba de piratas acababa de saludar con el nombre de Sacratif.

Era Nicolás Starkos.


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