El Archipiélago en llamas
El Archipiélago en llamas Allí se habían reunido unos cincuenta hombres y cinco o seis oficiales con el capitán Todros. Rodeaban a su comandante, decididos a resistir hasta la muerte.
En aquel estrecho espacio la lucha fue desesperada. El pabellón, caído del pico de cangreja junto con el palo de mesana, había vuelto a ser izado en el botalón de popa. Aquél era el último puesto que el honor mandaba defender hasta el último hombre.
Pero, por muy valerosa y decidida que fuese, ¿qué podía hacer aquella pequeña tropa contra los quinientos o seiscientos piratas que ocupaban entonces el castillo de proa, el puente y las cofas, de donde caía un verdadero diluvio de granadas? Las tripulaciones de la flotilla seguían llegando en ayuda de los primeros asaltantes. Eran otros tantos bandidos, que el combate no había aún debilitado, mientras que cada minuto disminuía el número de los defensores de la toldilla.
Aquella toldilla, sin embargo, era como una fortaleza. Tuvieron que arremeter contra ella varias veces. ¿Quién sabría decir cuánta sangre se vertió para tomarla? ¡Pero, finalmente, fue tomada! Los hombres de la Syphanta tuvieron que retroceder ante la avalancha hasta el extremo de la popa. Allí se agruparon alrededor del pabellón, formando un escudo con sus cuerpos. Henry d’Albaret, en medio de ellos, con el puñal en una mano y la pistola en la otra, dio y recibió los últimos golpes.