El Archipiélago en llamas
El Archipiélago en llamas El buque, que se elevaba, todo a ceñir, contra una brisa bastante fresca de nornoroeste, no podía ser visto desde los muelles de Vitylo. Una distancia de entre seis y siete millas lo separaba todavía del puerto. Aunque el día era muy claro, sobre el fondo luminoso del lejano horizonte se recortaba apenas la orla de sus velas más altas.
Mas lo que no podía verse desde abajo podía verse desde arriba, es decir, desde la cima de las crestas montañosas que dominan el pueblo. Vitylo está construido, en forma de anfiteatro, sobre rocas abruptas defendidas por la antigua acrópolis de Kelafa. Por encima se yerguen algunas viejas torres en ruinas, de un origen posterior a los curiosos restos de un templo de Serapis, cuyas columnas y capiteles de orden jónico adornan aún la iglesia de Vitylo. Cerca de esas torres se levantan, asimismo, dos o tres capillitas poco frecuentadas, que atienden unos monjes encargados del culto.
Es conveniente que aclaremos la expresión «encargados del culto» e incluso esa calificación de «monje» que aplicamos a los basilios[1] de la costa mesenia. Por otra parte, vamos a poder juzgar, directamente del natural, a uno de ellos, que acababa de abandonar su capilla.
