El Chancellor
El Chancellor A las cuatro y veintitrés minutos debe llegar el flujo al punto más alto, y, para aprovecharlo, diez minutos antes se hala el buque cuanto su calado permite; pero la parte anterior de la quilla no tarda en rozar la cortina de rocas y tiene que detenerse. Ahora, pues, que la extremidad inferior de la roda ha salvado el obstáculo, Roberto Kurtis une la acción del viento al poder mecánico del molinete; despliegan las velas altas y bajas y se orienta viento en popa. Ha llegado el momento; el mar está tranquilo, los pasajeros y la tripulación se encuentran en las crucetas del molinete; los Letourneur, Falsten y yo tenemos el guimbalete de estribor; Roberto Kurtis está en la toldilla vigilando el velamen, el teniente en el castillo de proa y el contramaestre en el timón.
El Chancellor sufre algunas sacudidas, y la mar, hinchándose, lo levanta ligeramente, pero por fortuna está tranquila.
—Vamos, amigos mÃos —grita Roberto Kurtis con voz tranquila y confiada—, fuerza y unión; ¡adelante!