El Chancellor

El Chancellor

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Hasta el 23 por la mañana no quedó terminado el trabajo. La cortina de basalto quedó agujereada por una abertura oblicua que puede contener unas diez libras de la sal explosiva, y aquel hornillo de mina ha de ser cargado inmediatamente. Son las ocho de la mañana.

A ir a introducir el picrato en el agujero, dice Falsten:

—Creo que deberíamos mezclarlo con pólvora ordinaria, lo que nos permitirá dar fuego a la mina con una mecha en lugar de pistones, cuya explosión habría que determinar por medio de un choque. El uso de la mecha nos facilitará mucho la tarea; y, además, es sabido que el uso simultáneo de la pólvora y de picrato hace saltar más pronto las rocas duras. El picrato, muy violento por naturaleza, prepara el camino a la pólvora que, más lenta para inflamarse y más mesurada, desunirá en seguida el basalto.

El ingeniero Falsten no suele hablar mucho; pero, cuando lo hace, lo hace bien. Siguiendo su consejo, se mezclan las dos sustancias y, después de haber introducido una mecha hasta el fondo del hornillo, se le carga con la mezcla y se le cubre de manera conveniente.

El Chancellor se encuentra a suficiente distancia de la mina para que no tenga nada que temer de la explosión. Sin embargo, por precaución, pasajeros y tripulación nos refugiamos en la gruta que hay en el extremo del arrecife.


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