El Chancellor
El Chancellor El señor Kear, a pesar de sus recriminaciones, tiene que dejar el buque.
Falsten, después de encender la mecha que debe arder durante diez minutos, viene a nuestro lado.
Transcurrido el tiempo necesario, se produce una explosión sorda, como ocurre siempre que las minas se abren a gran profundidad. Corremos hacía el escollo y vemos que la operación ha tenido éxito completo. La cortina de basalto ha quedado reducida materialmente a polvo, y un pequeño canal, que empieza a llenarse con la marea ascendente, hace desaparecer el obstáculo y deja el paso libre.
La puerta de la prisión está ya abierta y los presos pueden huir. ¡Hurra!
Al llegar la marea, el Chancellor, halado sobre sus áncoras, atraviesa el paso y se balancea sobre el mar libre.
Pero aún tiene que permanecer una hora cerca del islote, porque no puede navegar en las condiciones en que se encuentra, y es necesario embarcar el lastre suficiente para asegurar su estabilidad. Así, pues, durante las veinticuatro horas que siguen, la tripulación se ocupa en embarcar piedras y las balas de algodón que están menos averiadas.