El Chancellor

El Chancellor

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El día 29 el viento sube un cuarto al Norte, y se hace preciso bracear las vergas, orientar las velas y tomar las amuras a estribor; de aquí la necesidad de que el buque dé una banda bastante fuerte.

Roberto Kurtis carga los juanetes, conociendo lo mucho que fatiga la inclinación al casco del Chancellor; y hace bien, porque no sólo se trata de hacer una travesía rápida, sino también de llegar sin nuevos accidentes a la vista de tierra.

La noche del 29 al 30 es oscura y brumosa. La brisa sigue refrescando; pero, por desgracia, se declara del Noroeste. La mayor parte de los pasajeros vuelven a sus camarotes, pero el capitán Kurtis no deja la toldilla, y toda la tripulación permanece sobre el puente. El buque continúa muy inclinado, aunque no lleva desplegada ninguna de sus velas altas.

Hacia las dos de la madrugada me dispongo a bajar a mi camarote, cuando un marinero, llamado Burke, que estaba en la bodega, sube corriendo.

—¡Dos pies de agua! —Grita.

Roberto Kurtis y el contramaestre descienden rápidamente la escalera y comprueban que la funesta noticia es, desgraciadamente, exacta. O se ha vuelto a abrir la vía de agua anterior, a pesar de todas las precauciones tomadas, o se han desunido algunas costuras mal calafateadas y el agua penetra en la bodega con suma rapidez.


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