El Chancellor

El Chancellor

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La operación es dificilísima, porque se necesita, en primer lugar, disminuir la velocidad del buque, y, después de haber pasado bajo la quilla fuertes velas mantenidas por andariveles, deslizarías hasta el sitio donde estaba la antigua vía de agua, envolviendo completamente en ellas aquella parte del casco del Chancellor.

Las bombas comienzan a ganar algo y reanudamos el trabajo con vigor. El agua continúa sin duda penetrando en el buque, pero en cantidad menor, y, al terminar el día, se observa que el nivel ha bajado algunas pulgadas. ¡Algunas pulgadas solamente! Esto no obstante, como las bombas arrojan ya más agua por los imbornales de la que entra por la bodega, no las abandonamos un solo instante.

El viento refresca mucho durante la noche, que es oscura; sin embargo, el capitán Kurtis ha querido conservar toda la tela posible, porque sabe que el casco del Chancellor es una garantía muy pobre, y desea llegar cuanto antes a la vista de tierra. Si pasara algún buque a distancia conveniente, no vacilaría en pedir socorro y en desembarcar los pasajeros y hasta la tripulación, aunque se quedara él solo a bordo hasta que el Chancellor zozobrase bajo sus pies.

Todas estas medidas no debían producir el resultado apetecido, desgraciadamente.


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