El Chancellor
El Chancellor Pero juzgúese la horrible desesperación que se apodera de la marinerÃa, cuando hacia las doce de la noche Daoulas advierte que la balsa ha desaparecido. Las amarras, aunque eran sólidas, se han roto a causa del movimiento vertical del buque, y la armazón hace más de una hora que ha sido arrebatada por la corriente.
Cuando los marineros se enteran de esta última desgracia, lanzan gritos de angustia.
—¡Al mar, al mar los mástiles! —Repiten aquellos infelices, perdiendo el juicio.
Y pretenden cortar el aparejo para hacer caer los mástiles de gavia y construir en seguida otra balsa; pero Roberto Kurtis los contiene, gritando:
—¡A vuestros sitios, muchachos, y que no se corte un hilo sin que yo lo ordene! ¡El Chancellor está en equilibrio y no se hunde todavÃa!
La tripulación recobra la serenidad, y, a pesar de la mala voluntad de algunos marineros, todos vuelven al lugar que les está designado.
Al amanecer, Roberto Kurtis sube a las crucetas y su mirada recorre detenidamente todo el mar en un ancho radio alrededor del buque. ¡Inútil investigación! La balsa se encuentra ya fuera del alcance de nuestra vista.
¿Deberá armarse la ballenera y emprender una pesquisa que puede ser larga y peligrosa?