El Chancellor
El Chancellor —¿Qué hacemos, señores?
—Continuar donde estamos —respondo.
—Señorita Herbey —añade Andrés Letourneur—, de todas maneras éste es nuestro refugio más seguro. No tema usted nada…
—No temo por mà —replica la joven tranquilamente—, sino por los que tienen alguna razón para apreciar la vida.
A las ocho y cuarto el contramaestre grita a la tripulación:
—¡Eh! ¡A proa!
—¿Qué se ofrece, maestro? —Responde un marinero, que me pareció O’Ready.
—¿Tenéis la ballenera?
—No, maestro.
—¡Entonces se la ha llevado el agua!
Efectivamente, la ballenera no está suspendida del bauprés, y casi en seguida se advierte la desaparición del señor Kear y de Huntly. Temiendo que el Chancellor zozobrase antes que se terminara la construcción de la balsa, se han conjurado para huir y han decidido, a fuerza de dinero, a tres marineros a que se apoderen de la ballenera. El miserable ha abandonado a su esposa y el indigno capitán ha abandonado su buque robándonos la canoa, es decir, la única embarcación que nos quedaba.
—Cinco que se han salvado —dice el contramaestre.