El Chancellor
El Chancellor Los dÃas 12, 13 y 14 de diciembre no traen ningún cambio en la situación. El viento continúa soplando del este en rachas desiguales. Ningún incidente de navegación. Ninguna maniobra que haya que ejecutar en la balsa. La barra, o más bien la espadilla, no necesita ser modificada. La balsa corre viento en popa, y no tiene suficiente velamen como para desviarse hacia un borda u otra. A proa van siempre algunos marineros de cuarto, con la orden de vigilar el mar con la más escrupulosa atención.
Han transcurrido siete dÃas desde que abandonamos el Chancellor y reconozco que nos vamos acostumbrando al racionamiento impuesto por las circunstancias, por lo menos en cuanto a los vÃveres. Es verdad que nuestras fuerzas no han sido puestas a prueba por el cansancio fÃsico. «No hacemos gasto», —expresión vulgar que traduzco en mi forma de pensar—, y, en tales condiciones, poca cosa hace falta al hombre para sostenerse. Nuestra privación más grande es la privación relativa de agua, porque, por estos grandes calores, la cantidad que tomamos es notoriamente insuficiente.
El dÃa 15, aparecen en torno a la balsa un cardumen de peces, de la especie de los sargos. Aunque nuestras artes de pesca sólo constan por cuerdas largas armadas de un clavo doblado con pequeños pedazos de carne seca que sirven de cebo, pescamos un número bastante grande de estos peces, por lo voraces que son.