El Chancellor
El Chancellor Entretanto, el cielo se va cubriendo poco a poco con espesas nubes. Los astros por encima de nosotros se van apagando uno a uno, poco después que las constelaciones zodiacales hayan desaparecido bajo las brumas del horizonte. Los vapores negros y pesados forman nubes por encima de nuestras cabezas y oscurecen las últimas estrellas del cielo, incesantemente, en esta masa oscura se superponen grandes luces blanquecinas, sobre las cuales se recortan las pequeñas nubes grisáceas. Todo este depósito de electricidad, establecido en las altas regiones de la atmósfera, acaba sin ruido hasta ahora. Pero al ser el aire muy seco, y, por esto mismo, mal conductor, el fluido sólo podrá disiparse por choques terribles, y parece imposible que la tormenta no estalle pronto con una enorme violencia. De la misma opinión son Robert Kurtis y el contramaestre. Éste no tiene otra guía que su instinto infalible de hombre de mar. En cuanto al capitán, junto al instinto de «weatherwise[5]», se unen los conocimientos propios de un oficial instruido. Me muestra, por encima de nosotros, un espesor de nubes que los meteorólogos llaman «cloudring[6]», y que se forman casi exclusivamente en las regiones de la zona tropical, saturadas por todo el vapor de agua que los alisios aportan de todos los puntos del océano. Sí, señor Kazallon, me dice Roberto Kurtis, estamos en la región de las tormentas, porque el viento arrastró nuestra balsa hasta esta zona, donde un observador, dotado de sentidos muy sensibles, continuamente oiría los estruendos del trueno. Esta observación ha sido hecha ya desde hace mucho tiempo, y la considero justa me parece, respondí aguzando el oído, oír estos estruendos continuos de los que usted me habla. En efecto, dice Roberto Kurtis, son los primeros gruñidos de la tormenta, que, antes de dos horas, estallará con toda virulencia. ¡Pues bien! Estaremos dispuestos a recibirla. Ninguno de nosotros piensa en dormir, y no podría, porque el aire es abrumador. Los relámpagos se extienden, se desarrollan por el horizonte sobre una extensión de cien o cientocincuenta grados, y después corren en un circulo entero en el cual el cielo parece encontrarse con el mar. Toda la atmósfera se envuelve en una clara fosforescencia. Por fin, los ruidos del trueno se acentúan y se vuelven más penetrantes; pero, si puede expresarse así, todavía son ruidos redondos, sin ser recrudescentes, gruñidos que el eco todavía no los aumenta. Se diría que la bóveda celeste esta acolchada por estas nubes, cuya elasticidad sofoca la sonoridad de las descargas eléctricas. El mar hasta ahora esta tranquilo, pesado, casi estancado. Sin embargo, los marineros no se equivocan al ver las anchas olas que comienzan a levantarse. Para ellos, el mar se prepara para la lucha, y ya se va haciendo presente la agitación de la lejana tempestad. El terrible viento no está lejos, y, por medida de prudencia, una embarcación ya estaría a la capa; pero la balsa no puede maniobrar, y su único recurso es huir, escapar delante del temporal. A la una de la mañana, un relámpago vivo, seguido de una descarga atronadora después de un intervalo de unos pocos segundos, indica que la tormenta la tenemos encima. El horizonte desaparece de repente en una bruma húmeda, se diría que echándose sobre la balsa. Enseguida, se oye la voz de uno de los marineros: «¡La ráfaga! ¡La ráfaga!».