El Chancellor
El Chancellor El meteoro persiste así durante una media hora y contribuye abatiendo la violencia del viento; pero éste, después de haber saltado a todos los puntos del compás, prosigue luego con una violencia incomparable. El mástil de la balsa, cuyos obenques se rompen, está recostado de través sobre el piso de ésta, y nos apresuramos a soltarlo de su ensambladura, con el fin de que no se quiebre por el pie. El timón es desmontado por un golpe de mar, y la espadilla se va a la deriva sin que sea posible retenerla. Al mismo tiempo, los tablones que forman la borda de babor son arrancados, y el mar entra por esta abertura.
El carpintero y los marineros quieren reparar la avería, pero los enormes balanceos no les dan tregua, derrumbándoles y rodando unos sobre otros en el momento que la balsa es llevada por olas monstruosas, que la inclinan bajo un ángulo de más de cuarenta y cinco grados. ¿Cómo no son estos hombres arrebatados por el mar? ¿Cómo no se rompen los cabos que nos retienen? ¿Cómo no somos todos echados al abismo? Es inexplicable. ¡En cuanto a mí, me parece imposible que, en uno de estos movimientos desordenados, la balsa no sea volteada, y entonces, atados a estas tablas, perezcamos asfixiados bajo el agua!