El Chancellor
El Chancellor En efecto, hacia las tres de la mañana, en el momento en el que el huracán se desencadena más violentamente que nunca, la balsa, llevada sobre la cresta de una ola se coloca, por decirlo asÃ, casi vertical. ¡Gritos de pavor se escapan! ¡Vamos a morir!… No… La balsa se mantiene sobre la cresta de la ola, a una altura inconcebible, y bajo la luz intensa de los relámpagos que se cruzan en todos los sentidos, contemplamos espantados y aterrados este mar de espuma como las rompientes de la costa.
Luego, la balsa recupera enseguida su posición horizontal; pero, durante este desplazamiento oblicuo, los tirantes de sujeción de las barricas se rompen. Veo pasar una por la parte superior de la borda, y la otra caerse dejando escapar el agua que contiene.
Algunos marineros se precipitan para retener el segundo barril que guarda las conservas de carne seca. Pero el pie de uno de ellos se traba entre las tablas desjuntadas de la plataforma que se estrechan, y el desgraciado suelta aullidos de dolor.
Quiero socorrerle, consigo desatar las cuerdas que me atan… Pero es demasiado tarde, y en un relámpago deslumbrante, veo al infortunado, cuyo pie se suelta, como es arrebatado por un golpe de mar que se estrella sobre nosotros. Su compañero desaparece con él, sin que haya sido posible auxiliarles.