El Chancellor
El Chancellor «¡ Estos aparejos no son anzuelos perfectos, me dice, pero engancharían un pez como cualquier otro anzuelo si no faltase el cebo! Ahora sólo tenemos bizcocho, y esto no sirve como cebo. Pescado el primer pez, no sería difícil hacer cebo con su carne cruda. Pero, esa es la dificultad: ¡pescar el primer pez!».
El contramaestre tiene razón, y es probable que la pesca sea infructuosa. Al fin, deciden experimentar y prueban fortuna, las líneas son colocadas en el arrastre, más, como se podía prever, ningún pez «muerde» en los anzuelos. Es evidente, además, que en estos mares son poco abundantes los peces.
Durante los días 28 y 29, nuestras tentativas continúan vanamente. Los pedazos de bizcocho con los cuales cebamos los aparejos se disuelven en el agua, hay que renunciar a esto. Por otra parte, es gastar inútilmente el bizcocho, que forma nuestro único alimento, y del cual no podemos contar más que apenas unas migajas.
Agotado estos recursos el contramaestre, decide entonces enganchar un trozo de tela al clavo de los aparejos. La señorita Herbey le da un pedazo del mantón rojo que le envuelve. ¿Posiblemente este trapo, brillando bajo las aguas, atraiga algún pez voraz?
Este nuevo ensayo lo hacemos durante la jornada del día 30. Durante varias horas, los aparejos son largados al fondo, más, cuando los retiramos, el trapo rojo siempre aparece intacto.