El Chancellor
El Chancellor —¡Antes de ocho dÃas! Murmura el teniente, cuya mirada ardiente se fija sobre mÃ.
Luego, vuelve la cabeza y parece adormecerse.

Los dÃas 24, 25, y 26 de diciembre, no se produce ningún cambio en nuestra situación. Por muy improbable que parezca, nos acostumbramos a no morir de hambre. Las descripciones de los naufragios presentan a menudo hechos que concuerdan con aquellos que observo aquÃ. Leyéndolos, los encontraba exagerados. Me engañaba, ahora verifico que se puede sobrevivir con falta de alimento más tiempo de lo que pensaba. Por otra parte, el capitán creyó que a nuestra media libra de bizcocho, debÃa sumar algunas gotas de aguardiente, y este régimen sostiene nuestras fuerzas más de lo que razonablemente podÃamos esperar. ¡Si tuviéramos para dos meses, o para un mes, al menos asegurada una ración igual! Más las provisiones se agotan, y todos prevemos el momento en que esta pobre alimentación nos faltara completamente.
Precisamos pues a toda costa, pedir al mar un suplemento de vÃveres, lo que ahora es dificilÃsimo. Sin embargo, el contramaestre y el carpintero fabrican nuevos lÃneas con fibras de cabos, y los arman con clavos sacados de las tablas de la plataforma.
Concluida la fabricación de estos toscos aparejos, el contramaestre parece bastante satisfecho de su obra.