El Chancellor
El Chancellor Además, hoy parece ser consciente de su estado, porque me llama por señas. Voy a sentarme cerca de él. Reúne entonces todas sus fuerzas, y, con palabras entrecortadas, me dice:
«¿ Señor Kazallon, duraré mucho tiempo?».
Me demoro un poco en responder, más Walter nota mi vacilación.
«¡ La verdad!, ¡repite, dÃgame toda la verdad!
—No soy médico, y no sabrÃa …
—¡Es lo mismo! ¡Le ruego que me responda!…».
Miro largamente al enfermo, luego, pongo mi oreja contra su pecho. Desde hace algunos dÃas, la tisis evidentemente ha hecho en él progresos terribles. Estoy seguro que uno de sus pulmones ya no funciona, y que el otro apenas basta para satisfacer las necesidades de su respiración. Walter está preso de una fiebre, que debe ser el signo de un fin próximo en las afecciones tuberculosas.
¿Cómo puedo responder a su pregunta?
¡Su mirada es un interrogante, y no sé que decir, busco alguna respuesta evasiva!
«¡Amigo mÃo, le digo, ninguno de nosotros, en la situación que nos hallamos, puede contar con vivir mucho tiempo! ¿Quién sabe si antes de ocho dÃas, todos los que estamos en la balsa?».