El Chancellor

El Chancellor

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Con la limpieza de la atmósfera vuelve el calor tropical, del que tanto sufrimos los días precedentes. Hoy, afortunadamente la brisa es moderada. Al haber sido reparada la tienda en la popa de la balsa, nos refugiamos todos dentro alternativamente.

Sin embargo, la insuficiente alimentación comienza a hacerse sentir más seriamente. Se ve claramente que sufrimos hambre. Las mejillas se nos hunden, tenemos los rostros afilados y demacrados. En casi todos nosotros, esta afectado el sistema nervioso central, y la constricción del estómago nos produce sensaciones dolorosas. ¡Si al menos para engañar o para adormecer este hambre tuviéramos algún narcótico, opio o tabaco!… Más no tenemos nada.

El único de nosotros que escapa a esta imperiosa necesidad, es el teniente Walter, preso de una fiebre intensa que su misma fiebre «alimenta»; pero una sed ardiente lo tortura. La señorita Herbey, reserva para el enfermo una parte de su ración, y consigue también de Roberto Kurtis un suplemento de ración de agua, de cuarto en cuarto de hora humedece los labios del pobre teniente. Walter apenas puede balbucear una palabra, y con la mirada agradece la caridad de la joven chica. ¡Pobre chico! Está condenado, y los cuidados más perseverantes no lo salvarán. ¡Por lo menos, no tendrá que sufrir mucho tiempo!


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