El Chancellor
El Chancellor Esta ignorancia absoluta de la situación, sin duda es desesperante; pero así como la esperanza jamás abandona el corazón del hombre, a menudo queremos creer, contra toda razón, que la costa este próxima. También, cada uno de nosotros observa el horizonte e intenta divisar sobre esa línea tan nítida una apariencia de tierra. A este respecto, nosotros los pasajeros con la vista poco habituada a las largas distancias en el mar nos engañamos a nosotros mismos sin cesar y sufrimos la amargura de la desilusión. ¡Creemos avistar y no hay nada! Es una nube, una niebla, una ondulación del oleaje. No hay ninguna tierra, ninguna embarcación se recorta sobre este perímetro grisáceo, donde se confunden el mar y el cielo. La balsa ocupa siempre el centro de esta circunferencia desierta.
El 1 de Enero, comimos nuestro último bizcocho, o, mejor dicho, nuestras últimas migajas de bizcocho. El ¡1 de Enero! ¡Qué recuerdos nos trae este día, cuantos deseos de felicidad, y, por comparación nos parece lamentable! ¡La renovación del año, las fiestas que éste «día de año nuevo» provoca, fiestas en familia, las esperanzas con las que se alegran los corazones, nada de esto es para nosotros! La frase: «le deseo un ¡feliz Año Nuevo!». Que tantos miles de almas la dicen entre sonrisas, ¿quién de nosotros se atrevería a pronunciarla? ¿Quién de nosotros esta seguro de vivir un día más?