El Chancellor

El Chancellor

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Y sin embargo, el contramaestre se me acerca, y me dice de un modo extraño:

«Señor Kazallon, le deseo feliz …

—¿Año nuevo?

—¡No! ¡Este día, y ya es mucho desear de mi parte, porque no hay nada más que comer en la balsa!».

Nada más, lo sabemos, y sin embargo, al día siguiente, cuando llega la hora de la distribución diaria, somos conscientes de la nueva situación. ¡No podemos creer en esta escasez absoluta!

Hacia la tarde, siento en el estómago unas violentas contracciones. Provocándome unos dolorosos bostezos; después se calman pasadas unas horas.

Al día siguiente, 3, me admiro de no sufrir más. Siento en mí un vacío inmenso, pero esta sensación por lo menos es tan moral como física. Mi cabeza, pesada y mal equilibrada, me parece que se bambolea sobre mis hombros, y experimento unos vértigos como los que se producen a la vista de un abismo en el cual nos precipitamos.

Pero estos síntomas no son iguales para todos. Algunos de mis compañeros sufren terriblemente. Entre otros citare, al carpintero y al contramaestre, que son grandes comilones por naturaleza. Los dolores les arrancan gemidos involuntarios, y para calmarlos se aprietan el estomago con una cuerda. ¡Y estamos apenas en el segundo día!


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