El Chancellor
El Chancellor ¡Oh! ¡Esa media libra de bizcocho, esa ración tan somera qué nos parecÃa insuficiente, nuestro deseo la engrandece ahora, cuan enorme nos parece, ahora que no tenemos nada más! ¡Si todavÃa se nos distribuyera, no la mitad, si no tan siquiera un cuarto, bastarÃa para nuestra subsistencia de varios dÃas! ¡La comerÃamos sólo migaja a migaja!
¡En una ciudad asediada, reducida a la escasez más completa, siempre es posible buscar, en los escombros, en los arroyos, en los rincones, algún hueso demacrado, alguna raÃz de desecho, que engañara un instante el hambre! Pero sobre estas tablas, tantas veces lamidas por el mar, buscamos todavÃa, escudriñamos sus intersticios, y rascamos sus cantos donde el viento haya podido acumular algunas migajas de alimento.
¡Las noches se hacen muy largas, —más largas que los dÃas! ¡En vano pido al sueño un apaciguamiento momentáneo! El sueño, si llega a cerrarnos los ojos, no es más que un adormecimiento febril colmado de pesadillas.
Esta noche, sin embargo, sucumbiendo al cansancio, conseguà dormir durante algunas horas, en las que mi hambre se adormecÃa también.