El Chancellor
El Chancellor —SÃ, señorita Herbey, respondo casi con aspereza.
—¿Cuánto tiempo se puede vivir sin comer?
—¡Más de lo que cree! ¡Posiblemente largos e interminables dÃas!
—¿Las personas de constitución robusta son las que más sufren, no? —Añade todavÃa.
—SÃ, pero mueren más rápido. ¡Es una ventaja!
—¿Cómo he respondido tan duramente a la pobre joven? ¡Cómo! ¿No le he dirigido una sola palabra de esperanza? ¿Le he arrojado la verdad brutal a la cara? ¿Acaso se ha extinguido en mà todo sentimiento de humanidad? Andrés Letourneur y su padre, que me oyen, me miran varias veces fijamente, con sus grandes ojos dilatados por el hambre, preguntándose si, efectivamente, soy yo quien habla de tal modo.
Poco rato después, cuando nos quedamos solos, me dice la señorita Herbey, en voz baja:
—Señor Kazallon, ¿quiere usted hacerme un favor?
—SÃ, señorita —respondo, muy emocionado y dispuesto a hacer en su obsequio cuanto me sea posible.
—Si muero antes que usted —continúa la señorita Herbey—, cosa que puede suceder, aunque soy muy débil, prométame usted arrojar mi cuerpo al mar.