El Chancellor
El Chancellor —Señorita Herbey, le pido a usted perdón, por…
—No, no —añade medio sonriéndose—, usted ha hecho bien en decirme lo que me ha dicho; pero prométame ejecutar mi deseo. Es una debilidad; no temo nada mientras esté viva… Pero, muerta… Prométame arrojarme al mar.
Se lo prometo, la señorita Herbey me tiende su mano y sus dedos enflaquecidos estrechan débilmente los mÃos.
Ha transcurrido otra noche. En algunos momentos mis padecimientos son tan atroces, que se me escapan gritos de dolor; luego, se calman y quedo sumergido en una especie de estupor. Cuando vuelvo en mÃ, me sorprende encontrar a mis compañeros todavÃa vivos.