El Chancellor
El Chancellor El que de todos nosotros parece soportar mejor las privaciones es el mayordomo Hobbart, de quien he hablado poco en esta narración. Es un hombrecillo de fisonomÃa ambigua y mirada cariñosa, y con frecuencia se sonrÃe moviendo sólo los labios; lleva los ojos medio cerrados, como si quisiera disimular sus pensamientos y toda su persona respira la falsedad. JurarÃa que es un hipócrita; y, en efecto, si he dicho que las privaciones no le han producido gran efecto, no es porque deje de quejarse, sino que, por el contrario, gime sin cesar, pero no sé por qué sus gemidos me parecen mentira. Ya veremos; vigilaré a ese hombre, porque sospecho algo que convendrá aclarar.
Hoy, 6 de enero, el señor Letourneur me llama aparte, y llevándome a popa me manifiesta su propósito de comunicarme un secreto; pero desea no ser visto ni oÃdo.
Vamos al ángulo de babor, donde, como empieza a caer la noche, nadie puede vernos.
—Señor Kazallon —me dice en voz baja el señor Letourneur—, Andrés está muy débil, se muere de hambre, y yo no puedo resistir más tiempo semejante espectáculo. No, no quiero verlo.
El señor Letourneur me habla con cólera mal reprimida y su acento tiene algo de salvaje. ¡Ah, comprendo todo lo que este padre debe sufrir!