El Chancellor
El Chancellor —Señor Letourneur —le digo, estrechándole la mano—, no perdamos la esperanza. Algún buque…
—No vengo —dice el padre, interrumpiéndome—, no vengo a pedir a usted consuelos vulgares. No pasará ningún buque, bien lo sabe usted. Se trata de otra cosa. ¿Cuántos dÃas hace que mi hijo, usted y los demás no han comido?
—El 2 de enero se concluyó el bizcocho —respondo, asombrado de su pregunta—; estamos a 6, es decir, de modo que hace cuatro dÃas que…
—Que no han comido ustedes —interrumpe el señor Letourneur—. Pues bien, yo llevo ocho sin comer.
—¡Ocho dÃas!
—SÃ, he economizado para mi hijo.
Al oÃr esto, se me inundaron los ojos de lágrimas y me apodero de las manos de Letourneur, que apenas puede hablar. Lo miro… ¡ocho dÃas!
—Señor Letourneur —le digo al fin—, ¿qué quiere usted de m�
—Silencio, no hable usted tan alto; es preciso que nadie nos oiga.
—Bien; diga usted lo que desea.
—Quiero —dijo bajando la voz—, deseo que ofrezca usted esto a Andrés…
—¿Pero usted no puede dárselo?