El Chancellor
El Chancellor —No, no… CreerÃa que me he privado del alimento por él y lo rechazarÃa. No; es necesario que se lo entregue usted.
—¡Señor Letourneur!
—Por compasión, hágame usted ese favor… Es el mayor que puedo pedir a usted en este momento… Además…, por el trabajo de usted…
Y, al decir esto, el señor Letourneur me coge la mano y la acaricia suavemente.
—Por el trabajo de usted, sÃ… podrá usted tomar… un poco.
¡Pobre padre! Al oÃrlo tiemblo como un chiquillo; todo mi ser se estremece y mi corazón palpita como si quisiera romperse. Al mismo tiempo, siento que el señor Letourneur me introduce en la mano un pedazo de galleta.
—Procure usted que nadie lo vea —me dice—, porque esos monstruos lo asesinarÃan. Sólo hay para un dÃa… Pero, mañana… le entregaré otro tanto.
El desgraciado desconfÃa de mÃ, y acaso tenga razón, porque cuando siento el pedazo de bizcocho entre mis manos estoy a punto de llevármelo a la boca.
Resisto, sin embargo, la tentación, y los que me lean comprenderán seguramente todo lo que mi pluma no podrÃa expresar aquÃ.