El Chancellor

El Chancellor

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El hambre no ha quedado satisfecha; pero los tormentos se han calmado, momentáneamente a lo menos. Sin embargo, algunos de nosotros no han podido soportar este alimento repugnante y han experimentado náuseas.

Perdónenseme estos detalles; pero no debo olvidar nada de lo que han sufrido los náufragos del Chancellor. Desgraciadamente, preveo que nuestras miserias no han llegado aún a su máximum.

Durante esta escena he hecho una observación que confirma mis sospechas acerca del mayordomo, pues éste, sin dejar de gemir y suspirar, y aun exagerando sus sollozos, no ha tomado parte en ella. Si le hubiera de dar crédito, creería que se muere de inanición; pero claramente se advierte que no sufre los tormentos comunes. ¿Tiene este hipócrita alguna reserva oculta, que le sigue proveyendo de alimento? Lo he vigilado; pero no he descubierto nada.

El calor continúa siendo insoportable cuando no lo templa la brisa, y, aunque por este motivo la ración de agua es muy insuficiente, el hambre mata en nosotros la sed. Sin embargo, según dicen, la falta de agua nos haría padecer todavía más que la de víveres, pero no puedo creerlo. ¡Quiera Dios que no llegue a saberlo por experiencia!


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