El Chancellor
El Chancellor Afortunadamente, quedan todavÃa algunas azumbres de agua en la barrica rota por la tempestad, y la segunda barrica se encuentra intacta. Aunque el número de los supervivientes del Chancellor ha disminuido mucho, el capitán, a pesar de las reclamaciones de algunos, ha reducido la ración cotidiana a un cuartillo por persona[8]. Yo apruebo esta disposición.
En cuanto al aguardiente, sólo queda una azumbre, que ha sido puesta en lugar seguro a popa de la balsa.
Hoy, dÃa 7, a las siete y media de la tarde, uno de nosotros ha expirado en mis brazos: el teniente Walter, a quien ni los cuidados de la señorita Herbey ni los mÃos han podido prolongarle la existencia. El desgraciado ha dejado ya de sufrir. ¡Qué Dios tenga piedad de su alma!
Algunos momentos antes de morir nos ha dado las gracias a la señorita Herbey y a mÃ, con voz apenas perceptible.
—Señor Kazallon —ha dicho, dejando caer de su mano temblorosa una carta arrugada—, esta carta… de mi madre…, no tengo fuerzas…, es la última que he recibido… Me dice; «Te espero, hijo mÃo, y deseo volver a verte». No, madre no me verás más. Señor Kazallon, esta carta… póngala usted en mis labios… asÃ, asÃ… para que muera besándola… ¡Mi madre! ¡Dios mÃo…!