El Chancellor
El Chancellor —Seguramente —me dice— la renovaré… la renovaré.
—¿Pero por qué no vuelve usted a echar en seguida los anzuelos? —le he preguntado.
—Ahora no —me responde de una manera evasiva—. La noche es más favorable que el dÃa para la pesca de los grandes peces y es necesario economizar el cebo. ¡Hemos cometido una estupidez enorme no guardando un poco de esos peces para cebar los anzuelos!
—Es verdad, ha sido un olvido imperdonable, pero, puesto que ha sido usted tan afortunado la primera vez sin cebo…
—Es que lo tenÃa.
—¿Y… bueno?
—Excelente, puesto que los peces han mordido el anzuelo.
—¿Le queda a usted aún algo con qué cebar? —le pregunto.
—Sà —responde en voz baja, y se separa de mà sin agregar una palabra más.
El escaso alimento que hemos tomado nos ha devuelto algunas fuerzas y con ellas hemos recobrado la esperanza.
Hablamos de las pesca del contramaestre, y a todos nos parece imposible que no tenga buen éxito por segunda vez. ¿Se habrá cansado la suerte de perseguirnos?