El Chancellor
El Chancellor A este instante de esperanza sucede un gran abatimiento y todos volvemos a nuestro sitio acostumbrado. Roberto Kurtis permanece inmóvil, pero no examina ya el horizonte.
Owen, que se retuerce en medio de horribles dolores y cuyo aspecto es verdaderamente espantoso, empieza a gritar de nuevo y con mayor violencia que antes. Tiene la garganta oprimida por una contracción espasmódica, su lengua está seca, el vientre abultado y el pulso es débil, frecuente e irregular. El infeliz sufre grandes movimientos convulsivos y hasta sacudidas tetánicas. Al observar estos síntomas no dudamos de que está envenenado por un óxido de cobre.
Carecemos de los medicamentos necesarios para neutralizar los efectos del veneno; pero se pueden provocar los vómitos para hacer salir las materias contenidas en su estomago. El agua tibia debe producir este resultado; se la pido a Roberto Kurtis y me la concede. Agotado el líquido de la primera barrica, voy a cogerla de la segunda, que se encuentra todavía intacta, cuando Owen, levantándose sobre las rodillas, con voz que ya no es humana, grita:
—¡No, no, no!
¿Por qué no? Vuelvo al lado de Owen para explicarle lo que deseo hacer, y me responde con mayor energía que antes que no quiere beber de aquella agua.