El Chancellor
El Chancellor Pasajeros y marineros nos inclinamos sobre el parapeto, guardando profundo silencio; pero parece que los tiburones, desde que se ha ofrecido este cebo a su voracidad, han ido desapareciendo poco a poco. Sin embargo, no pueden encontrarse lejos, y toda presa, cualquiera que fuese, que cayera en este sitio, sería devorada en seguida.
De pronto, el contramaestre hace una señal con la mano, mostrando una enorme masa que se dirige hacia la balsa, rozando la superficie del mar. Es un tiburón de doce pies de largo que ha abandonado las profundidades del mar y nada en línea recta hacia nosotros.
Cuando llega a cuatro varas de la balsa, el contramaestre retira poco a poco la cuerda para poner a su paso el anzuelo, imprimiendo al trapo rojo un ligero movimiento, que lo asemeja en cierto modo a un animal vivo.
Mi corazón late en este momento con extremada violencia, como si de aquel golpe dependiera mi vida.
Se aproxima el escualo; sus ojos, inyectados, brillan en la superficie de las aguas, y sus mandíbulas, desmesuradamente abiertas, muestran el paladar guarnecido de dientes agudos.
Se oye un grito… El tiburón se detiene y casi inmediatamente después desaparece en las profundidades de las aguas. ¿Quién ha lanzado ese grito, involuntario sin duda? El contramaestre se levanta pálido de coraje, y dice: