El Chancellor
El Chancellor —¡Al que hable lo mato!
El contramaestre tiene razón.
Vuelve a bajar el anzuelo; pero, durante media hora, ningún tiburón se presenta y es preciso sumergirlo hasta veinte brazas.
A esta profundidad las aguas se enturbian, lo cual indica que los tiburones se encuentran allÃ.
En efecto, la cuerda es violentamente sacudida de pronto y se escapa de las manos del contramaestre; pero, sujetada sólidamente a los montantes, no ha caÃdo toda al agua.
Un tiburón ha mordido el anzuelo y está preso en él.
—¡AquÃ, muchachos, aquÃ! —Exclama el contramaestre.
Pasajeros y marineros nos apresuramos a tirar todos de la cuerda. Nuestras fuerzas se reaniman con la esperanza; pero apenas bastan, porque el monstruo se agita violentamente. Todos halamos al mismo tiempo; poco a poco las capas superiores del mar se agitan con los movimientos enérgicos de la cola y de las aletas pectorales del tiburón, y, al inclinarme sobre el agua, distingo su enorme cuerpo en medio de las olas ensangrentadas.
—¡Arriba, arriba! —Grita el contramaestre.
