El Chancellor
El Chancellor Al ir a llevármelo a la boca, una mano coge la mía; me vuelvo, conteniendo un rugido, y conozco al mayordomo Hobbart. En el momento del naufragio había logrado salvar algunas provisiones y las reservaba para sí, alimentándose con ellas mientras nosotros nos moríamos de hambre. ¡Ah, miserable!

Pero no; Hobbart ha obrado prudentemente; es un hombre precavido, previsor, y si ha conservado algún alimento sin que lo sepamos los demás, mejor para él… y para mí.
Hobbart, que no lo entiende del mismo modo, coge mi mano y trata de recobrar el pedazo de tocino; pero en silencio, para no despertar la atención de sus compañeros.
Como yo tengo el mismo interés que él en callar, porque no nos conviene que otros nos arrebaten esta presa, lucho silenciosamente, pero con tanto más furor cuanto que oigo a Hobbart decir entre dientes: «Mi último bocado, mí último alimento».
¿Su último bocado? Es preciso que sea mío a toda costa; lo quiero y lo tendré. Me abalanzo a la garganta de mi adversario, la aprieto entre mis manos y queda en seguida sin movimiento.
Y, mientras tengo a Hobbart sujeto de este modo con una mano, me llevo a la boca, con la otra, el pedazo de tocino, y lo trago con rabia.