El Chancellor
El Chancellor Me levanto sobre las rodillas y aspiro nuevamente, sorbiendo por las narices, si se me permite esta expresión, el aire ambiente… Percibo el mismo olor y, por consiguiente, estoy bajo el viento del objeto que lo produce y que debe encontrarse a proa de la balsa.
Reptando como una culebra, registro, no con la vista, sino con el olfato, escondiéndome bajo las velas y entre las berlingas, con la prudencia de un gato y no queriendo en modo alguno llamar la atención de mis compañeros.
Durante algunos minutos continúo arrastrándome por todos los rincones, guiado por el olfato, llego al ángulo de estribor a popa de la balsa, y reconozco que el olor que ha llamado mi atención proviene de un pedazo de tocino ahumado; no me equivoco; todas las papilas de mi lengua se erizan de deseo.
Introduciéndome bajo una espesa cubierta de velas, sin que nadie me vea, me adelanto sobre las rodillas y sobre los codos, alargo el brazo y mi mano se posa en un objeto envuelto en un pedazo de papel; lo retiro rápidamente y lo miro a la claridad de la luna, que aparece en aquel momento en el horizonte.
No es una ilusión. Tengo en la mano un pedazo de tocino, un cuarterón escasamente, pero lo bastante para calmar durante todo un dÃa mis tormentos.