El Chancellor
El Chancellor Entre mis compañeros que también permanecen tendidos en su sitio acostumbrado, ¿cuántos encuentran en el sueño el olvido de sus padecimientos? Ninguno quizás; en cuanto a mí, tengo el cerebro vacío y acometido por sombrías pesadillas.
Pronto me invade un sopor enfermizo que no es la vigilia ni el sueño, en el que ignoro cuánto tiempo he permanecido, pues todo lo que recuerdo es que en cierto momento me ha sacado de este estado de postración una sensación particular.
¿Sueño? A mi olfato llega un olor que hace tiempo no se ha observado a bordo. Es como una emanación vaga que un resto de brisa me trae de vez en cuando. Las ventanas de mi nariz se hinchan y aspiran. ¿Qué olor es éste? Estoy a punto de gritar; pero una especie de instinto me contiene, y trato de buscar en la memoria el nombre olvidado de ese olor.
Al poco rato, la intensidad de la emanación es ya tan fuerte, que excita en mí aspiraciones más vivas.
—Pero —me digo de repente, y como hombre que recuerda al fin un hecho— éste es el olor de la carne cocida.
Una aspiración más activa me convence de que mis sentidos no me han engañado, y, sin embargo, en esta balsa…