El Chancellor
El Chancellor Ahora bien, nosotros hemos llegado a este extremo, y, si he de confesar cuanto sucede, debo decir que algunos de mis compañeros se miran con avidez. ¡A qué actos de salvajismo puede impulsar la miseria a cerebros agitados por un solo pensamiento!
Después de la lluvia, el cielo ha vuelto a despejarse; el viento ha refrescado un instante, pero como se calma, la vela cuelga a lo largo del mástil. Además ya no consideramos el viento como un motor, porque, ¿dónde está la balsa? ¿A qué punto del Atlántico la han empujado las corrientes? Nadie puede decirlo, y, por lo mismo, nos es indiferente que el viento sople del Este, del Norte o del Sur. Sólo pedimos a la brisa que refresque nuestros pechos, que mezcle un poco de vapor con el aire seco que nos devora y que temple el calor, que desde el cénit nos envía un sol de fuego.
Empieza a anochecer y la oscuridad será casi absoluta hasta las doce, hora en que aparecerá la luna, que entra en el cuarto menguante.
Las constelaciones, algo cubiertas por la bruma, no proyectan ese centelleo magnífico que ilumina las noches frías.
Presa de una especie de delirio, y bajo la impresión de un hambre atroz que aumenta al declinar el día, me tiendo sobre un paquete de velas a estribor, y me inclino sobre las olas para aspirar la frescura del agua.