El Chancellor

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CAPĂŤTULO XLVI

LA SED COMPARADA CON EL HAMBRE. — MIS COMPAÑEROS SE MIRAN MUTUAMENTE CON AVIDEZ. — OLOR ESPECIAL A CARNE. — A RASTRAS COMO UNA CULEBRA. — EL TROZO DE TOCINO. — LUCHA. — HE COMIDO

17 de enero.

AL calmarse la sed, nos acomete el hambre con más violencia. ¿No hay medio alguno, sin anzuelo ni cebo, de apoderarse de uno de esos tiburones que hormiguean en torno de la balsa? Sí; el único que queda es el de arrojarnos al mar para atacar a los monstruos a puñaladas en su propio elemento, como hacen los indios de las pesquerías de perlas. Roberto Kurtis ha pensado en intentar la aventura; pero no se lo hemos permitido, porque los tiburones son muchos y sería sacrificarse inútilmente exponiéndose a una muerte segura.

Observo aquí que si a veces se logra engañar la sed, bañándose en el agua de mar, o introduciendo en la boca algún objeto de metal, no ocurre lo mismo respecto del hambre, porque nada puede suplir la sustancia nutritiva. Además, el agua se produce siempre por un hecho natural, la lluvia, por ejemplo, y por consiguiente nunca se pierde la esperanza de beberla, pero se puede perder por completo la de encontrar comida.


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