El Chancellor
El Chancellor ¡Ah, esto es demasiado! Hace cuarenta y dos dÃas que abandonamos el buque. ¿Quién de nosotros puede hacerse ya ilusiones? ¿No estamos destinados a morir uno después de otro y con la más espantosa agonÃa?
Una especie de niebla me va nublando poco a poco la inteligencia; es una especie de delirio que se apodera de mÃ, y lucho en vano por recobrar la lucidez de mis facultades.
He vuelto en mÃ, no sé después de cuántas horas, y, al recobrar el conocimiento, me encuentro con la frente cubierta de compresas empapadas en agua del mar por la señorita Herbey, pero presiento que me queda poco tiempo de vida.
Hoy, dÃa 22, hemos presenciado una escena espantosa. El negro Jynxtrop, acometido de pronto por un acceso de locura furiosa, recorre la balsa dando aullidos. Roberto Kurtis quiere contenerlo, pero en vano: se arroja sobre nosotros para devorarnos y es preciso defenderse contra los ataques de esa bestia feroz. Ha cogido un escoplo y es difÃcil parar sus golpes.
De repente, por una reacción sólo explicable por el ataque de cólera, encolerizándose contra sà mismo, sé desgarra las carnes con dientes y uñas y nos arroja la sangre al rostro gritando:
—¡Bebed, bebed!
Después se arroja al mar.