El Chancellor

El Chancellor

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Por la mañana al despertar, si puede llamarse sueño a este sopor enfermizo en que he estado sumergido, pienso seriamente en poner término a mis padecimientos.

Notifico mi resolución a Roberto Kurtis, y éste se limita a hacer un signo afirmativo.

—Por mi parte —agrega luego—, no pienso matarme, porque esto sería abandonar mi puesto, y si la muerte no me sorprende antes que a mis compañeros, me quedaré solo en la balsa.

La bruma es tan densa que ya casi no se distingue la superficie del agua, pero se conoce que por encima brilla un sol ardiente que no puede tardar en disipar todos estos vapores.

Hacia las siete de la mañana creo oír gritos de aves sobre mi cabeza. Roberto Kurtis, siempre de pie, los escucha con avidez.

Me acerco al capitán y le oigo murmurar con voz sorda:

—¡Aves! La tierra, por consiguiente, debe estar próxima.

¿Roberto Kurtis cree todavía que hay tierra? Yo no; para mí no existen continentes ni islas. El globo es sólo un esferoide líquido como en el segundo período de su formación.


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