El Chancellor

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Sin embargo, espero con cierta impaciencia que se disipe la bruma, no porque piense ver tierra, sino porque esta absurda esperanza irrealizable no me deja en paz, y deseo desembarazarme de ella cuanto antes.

A las once comienza, al fin, la niebla a disiparse, y mientras sus espesas volutas ruedan por la superficie de las olas, entreveo el azul del cielo. Los rayos del sol, atravesando la bruma, nos pican como flechas de metal enrojecido. Esta condensación de vapores se verifica, no obstante, en las capas altas y no es posible todavía observar el horizonte.

La niebla nos envuelve en sus torbellinos durante media hora, y, como no hay una ráfaga de viento, tarda en disiparse.

Roberto Kurtis, apoyado en el borde de la plataforma, trata de penetrar con la vista la opaca cortina de brumas.

Al fin, el sol barre la superficie del océano, la niebla retrocede, la claridad aumenta en un radio más extenso y aparece el horizonte…

Pero el horizonte es lo que ha sido desde hace seis semanas, una línea continua y circular en cuyo extremo se confunden el cielo y el agua.


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