El Chancellor

El Chancellor

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Roberto Kurtis, después de haber mirado en torno suyo, guarda silencio. ¡Ah! Lo compadezco con toda sinceridad, porque es el único de todos nosotros que no tiene derecho a poner término a sus padecimientos cuando quiera. Por mí parte, he resuelto morir mañana, y, si la muerte no me hiere antes, le ahorraré camino saliendo a recibirla. Respecto a mis compañeros, ignoro si viven todavía, pues me parece que hace muchos días que no los he visto.

Llega la noche, me es imposible dormir y, aproximadamente a las dos de la madrugada, me acometen unos dolores tan intensos, que no puedo reprimir los gritos. ¡Cómo! ¿No tendría antes de morir el supremo placer de apagar el fuego que me abrasa el pecho?

Sí. Beberé mi propia sangre a falta de la sangre de otro. Esto no me servirá de nada, lo sé, pero, a lo menos, mitigará mi mal.

Apenas se me ocurre esta idea, cuando me apresuro a ponerla en práctica. Abro la navaja, mi brazo está desnudo y de un golpe rápido corto una vena. La sangre sale gota a gota y empiezo a apagar la sed en esta fuente de mi vida. Bebo mi sangre, que apaga momentáneamente mis tormentos atroces, pero después se detiene y no tiene fuerza ya para correr.

¡Cuánto tarda en llegar el nuevo día!


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