El Chancellor
El Chancellor Al amanecer, se forma en el extremo del horizonte una niebla espesa que estrecha el círculo cuyo centro es la balsa. La niebla es ardiente como los vapores que se escapan de una caldera.
Hoy es mi último día; pero antes de morir tendría gusto en estrechar la mano de un amigo. Roberto Kurtis está a mi lado, me arrastro hasta él y le tomo la mano. Me comprende, sabe que es mi despedida y parece que quiere contenerme infundiéndome esperanza; pero es inútil.
Habría querido también ver de nuevo a los Letourneur y a la señorita Herbey… pero no me atrevo. La joven adivinaría mi propósito y me hablaría de Dios y de la otra vida que debo esperar… ¡Esperar! No tengo valor para ello… ¡Dios me perdone!
Vuelvo a popa de la balsa, y, después de largos esfuerzos, consigo ponerme de pie cerca del mástil, para recorrer con la vista por última vez este mar azul y este horizonte que no se mueve. Aunque se me presentara la tierra, aunque viera levantarse una vela sobre las olas, creería ser juguete de una ilusión…, pero el mar está desierto.
Son las diez de la mañana; las torturas del hambre y el aguijón de la sed me desgarran las entrañas con nueva violencia. El instinto de conservación se extingue en mí y dentro de pocos instantes habré dejado de padecer… ¡Que Dios tenga misericordia de mí!